— ¿Y para qué quieres un coche? Si tu marido ya te lleva a todas partes, — ironizó la suegra cuando se enteró de mi prima.
Elena no se sorprendió; solo sintió cómo en el pecho volvía a подняться esa vieja, apretada punzada. Años enteros tragando frases como esa, hasta el punto de ya no distinguir dónde acababa la paciencia y comenzaba el cansancio silencioso.
Pero esta vez, algo dentro de ella se movió.
Por la noche, estaba sentada a la mesa con Gabriel y los hijos. Intentó hablar con calma:
— Me he apuntado a la autoescuela. Cuando obtenga el carnet, pienso comprarme un coche.
Gabriel se recostó en la silla, como si hubiese oído una broma:
*
— ¿Para qué? Yo te llevo. Es una molestia eso de conducir… aparcar… y además, gastos.
Pero Elena no sonrió.
Por primera vez en mucho tiempo, lo miró directamente a los ojos. Serenamente, firme.
— Necesito un coche.
— ¿Para qué, Elena? — repitió Gabriel, ya molesto. — Se puede vivir más simple. Yo te llevo donde haga falta. Lo acordamos.
— No lo acordamos, — dijo ella en voz baja. — Tú decidiste. Yo… acepté. Entonces.
Miriam levantó la vista del plato:
— Ay, estas mujeres modernas… El dinero se les sube a la cabeza.
Elena quiso responder, pero en ese momento sonó su teléfono. Número desconocido.
Respondió, y oyó:
— ¿Elena Sorrenti? Llamamos del banco. Necesitamos hablar urgentemente sobre la situación de su… marido.
*
— ¿Qué situación? — la voz de Elena se volvió fina, como un hilo helado.
— Se trata de préstamos. Y de retrasos. ¿Está él en casa? Podemos hablar los tres. Es muy importante.
Elena bajó lentamente la mano con el teléfono.
— ¿Qué pasa? — preguntó Gabriel.
Ella lo miró largo rato. Y de repente vio aquello que había ignorado durante años.
— Gabi… ¿qué préstamos?
Él palideció.
Miriam soltó un grito ahogado:
— ¡¿Qué préstamos?!
Y justo en ese momento, golpearon la puerta.
*
Fuerte. Autoritario.
Tres golpes. Lentos. Fríos.
Elena dio un respingo.
Marianna se levantó de golpe.
Gabriel quedó blanco como la pared.
Otra vez:
BUM. BUM. BUM.
— Abran. Sabemos que están dentro.
Elena sintió cómo el suelo desaparecía bajo sus pies.
— Gabi… ¿quién es?
Él no respondió.
*
Y en la tensa quietud se oyó:
— Gabriel Sorrenti, abra la puerta. Es sobre sus deudas.
Elena dio un paso atrás.
Su mundo se partió en dos.
La puerta volvió a estremecerse con otro golpe, esta vez no fuerte, sino impaciente — como si quien estaba afuera comenzara a perder la calma.
Gabriel se levantó. Caminó hacia la entrada como si cargara toda la casa sobre los hombros. Miriam se aferró al reposabrazos, pálida como la cal.
— Gabi, di que es un error, — susurró ella.
Él no dijo nada.
Cuando abrió un poco la puerta, Elena solo alcanzó a oír fragmentos:
«retrasos… aval… pagos vencidos… dos años… advertimos…».
Las voces se volvían cada vez más duras.
*
Un minuto después, Gabriel cerró y giró hacia ellos lentamente.
— Elena… quería resolverlo solo. Para que ustedes no lo supieran. Para que… — tragó saliva. — Para que estuvieran orgullosos de mí.
Ella lo miraba como si lo viera por primera vez.
— Gabi… ¿cuánto debes?
Él bajó la mirada:
— Mucho.
— ¿Cuánto es “mucho”?
— Tanto que sin vender el coche y… sin pedir otro préstamo… no se puede.
Miriam soltó un gemido.
— ¡Gabriel! ¿Cómo pudiste? ¡Somos una familia!
*
Elena se levantó inesperadamente calmada.
— ¿Familia? — repitió. — ¿Y por qué me entero por el banco? ¿No por mi marido? ¿No en casa? ¿A través de extraños?
— Yo… quería protegerlas.
— ¿De qué? ¿De la verdad? — Elena negó lentamente con la cabeza. — No protegías. Ocultabas. Y mentías.
Él dio un paso hacia ella:
— Por favor, no te vayas. Podemos con esto. Lo arreglaremos. Los dos.
Por primera vez en veinte años, Elena sintió dentro de sí claridad — fría, honesta, liberadora.
— No, Gabi, — dijo ella. — No los dos.
Él se quedó inmóvil.
Incluso Miriam dejó de respirar.
*
Elena habló serena, pero cada frase era como una sentencia:
— Veinte años cargué con la casa, el trabajo, la vida, los niños, tus decisiones, tus ambiciones. Y tú cargaste… préstamos que jamás mencionaste. Hace tiempo que no somos compañeros. Somos… costumbre.
— Elena… — su voz se quebró.
— Comprar ése coche. Y me iré. Por ahora con mi hermana. Después… veremos.
Miriam se levantó de golpe:
— ¡No tienes derecho a destruir la familia!
Elena se volvió hacia ella и за много лет впервые улыбнулась — ровно, уверенно, по-взрослому.
— Yo no destruyo nada. Solo salgo de algo que ya estaba destruido.
*
Tomó su bolso, las llaves, y salió al pasillo oscuro. Pero por primera vez за годы этот коридор показался ей не тёмным — а свободным.
Detrás de ella se oyó la voz rota de Gabriel:
— Elena… por favor…
Ella cerró la puerta.
Y cruzó el umbral de su nueva vida.
Abajo, en el aire frío de la noche, respiró hondo. Tranquila. Por primera vez.
No era el final.
Era su verdadero inicio